La arcada.

A veces amor. No sé, no a ti. No a él, no a ella. A veces amor, sólo amor.
Sucede como un incendio espontáneo, uno que se expande hasta los dedos.
Es energía, un dulce para el monstruo, el unicornio que atravesó el espejo. Es el agua que encharca los pulmones, que destroza y cultiva el corazón. Y sin salida viene la arcada. “Se llama claustrofobia estomacal.”
Se escupe al mundo, al abismo. Un mensaje que no quiere botella y un náufrago que busca perderse

A veces odio, supongo. Como siempre que el sentimiento me supera. Quiero expulsarlo. Quiero buscar entre lo tropezones de la cena y la bilis y la borrachera de apatía. Quiero encontrar ahí, justo recién desterrado de mis entrañas, ese cartel gigante y luminoso. Porque creo que me lo comí. De pequeña, cuando todavía solo eran promesas y me rodeaba una familia segura de mi futuro destacable. Allí me trague la vocación y la enterré en indecisiones, equivocaciones, rutinas y series de televisión usadas para olvidarme de mi existencia. Las luces siguen intactas, parpadeantes, cambian el mensaje cada cinco minutos.

 

La arcada, constante. El vómito de vida y a la vida.

Caperucita en autostop.

Quiero convertir mis lobos en destino.

Quiero empezar la reconquista de los monstruos.

Convertir en mi Ítaca lo que llamáis locura.

Yo quiero todo aquello que me forzáis a temer,

decir sí y confiar en desconocidos.

Escupo en vuestras advertencias sobre el largo de mi falda.

Escupo en vuestra mirada paternalista cuando digo que viajo,

cuando digo que siento, cuando digo que follo.

Escupo sobre quién prefiere ser amenaza  y no persona

En los que no aceptan que los besos no son para el  ego de su polla.

En los que juegan a los recortables con el mapa del mundo,

en los que se olvidan del sabor pensando en etiquetas.

Pero  esto no se trata de vosotros.

Se trata de mí, se trata de ti.

Es por esa sonrisa y por la calidez que te regala.

Cada buen gesto; cada buena gente.

Por los paisajes, por la capacidad de amar.

Por lo bien que se está cuando se está bien.

Caperucita hoy tiene sonrisa de bruja y la cesta vacía.

Una maleta dividida en  nostalgias y aullidos futuros.

Y un billete sin vuelta. Sin metáfora.

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La distancia.

Es la gota que rompe el lago y despierta a las piedras. A todas las que olvidaron su peso en los bolsillos de los recuerdos submarinos.

Cyborg

“El cyborg no reconocería el Jardín del Edén, no está hecho de barro y no puede soñar con volver a convertirse en polvo. Quizás sea por eso por lo que yo quisiera ver si el cyborg es capaz de subvertir el apocalipsis de volver al polvo nuclear impulsado por la compulsión maniaca de nombrar al Enemigo. Los cyborgs no son irreverentes, no recuerdan el cosmos, desconfían del holismo, pero necesitan conectar: parecen tener un sentido natural de la asociación en frentes para la acción política, aunque sin partidos de vanguardia. Su problema principal, por supuesto, es que son los hijos ilegítimos del militarismo y del capitalismo patriarcal, por no mencionar el socialismo de estado. Pero los bastardos son a menudo infieles a sus orígenes. Sus padres, después de todo, no son esenciales.”

Donna Haraway, Manifiesto cyborg

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Siendo torpe en Nicosia.

Resulta que por unos meses vivo en Chipre. En este papel roto donde gatos callejeros y pasaportes son el celofán gastado que unen todos los trozos. En  una ciudad llena de graffitis, ventanas de colores, gente amable, escaleras abandonadas y edificios inspirados en la ciudad hotelera más fea.

Ni siquiera entiendo muy bien porque estoy aquí, pero después de pasar todo un año de reflexiones en cinco días decidí irme a  una  isla. Y todo volvió a ser emocionarte, un juego donde pones el dedo en el mapa de forma aleatoria. Y luego la ciudad me aburrió y mi proyecto aquí me cansó. Y luego decidí que me daba igual, que iba a disfrutar el país de una forma necrófila, saboreándolo porque sabía que estaba muerto dentro de mis planes de futuro.

Y luego. Y luego cambie de opinión, eso no era todo lo que quería, que no basta con no ahogarse si la bola del mundo para en medio del mar. Y me fui a Turquía de vacaciones y volví y disfruté de todas esas cosas que solo voy a encontrar aquí. Y que si que si no y que si depende del día.

Vivo en Nicosia, en una casa con tres locas con las que viajar y tengo libertad para organizar talleres donde la gente habla de sexualidad o ven películas, o se van a probar vinos.  Donde soy voluntaria en organizaciones que trabajan con inmigrantes y en un campo de refugiados y todos los martes hago radio. Me gusta. De hecho me encanta.  Y todo esto es mentira al mismo tiempo y a veces me doy cuenta de que trabajo para una asociación que dice querer cambiar el mundo y luego insiste mucho en eventos de sushi y tortilla de patatas. No soy tan buena cocinera, es una pena.

Agua.

Nunca fui tuya pero fui tu lluvia. Nunca fuiste mía pero fuiste mi mar.

Nos queremos como electricidad, como agua o como precipicio. No con cadenas, monedas o cheques, no como personas en venta.

Pero te quiero entera.

Desde la punta del dedo hasta el roto de las medias, desde los viajes piratas y el maullar en las camas. Te quiero desde el morado, desde tu pecho, desde tu pelo. Desde tu sexo, desde tu ego.

Te quiero desde ti.

Desde tu sangre y tu música , y los columpios, y los añicos…

Te quiero con todo. Desde todo. Contigo.

Te quiero desde pero no hasta.

Joder.

Te quiero.

Pero yo quiero desde la lluvia.
No como ancla, no por costumbre, no como charco.

Las tijeras rojas.

Ella está loca. Mi querida ex-monja humanoide.

Siempre me he sentido atraída por gente que he considerado inteligente. Mis  verdaderas amistades tienen sabor a café negro. Fuertes, directas, un poco amargas, un poco dulces. Y un poco misántropas, para qué negarlo.

La palabra inteligencia me recuerda algunos de  los edificios que pude ver en Budapest, majestuosos, enormes. Y decadentes. Precisamente por eso atraen tanto.

No sé muy bien lo que significa. Me parece estúpido que se refiera a saber x datos, como si fuéramos  computadoras. O peor aún, tener un papel indicando que visitó alguna facultad aleatoria. Matriculado, que no estudiante.

Pero cuando la veo lo sé. Es como si el término abstracto se convirtiera en algo material. Viste la inteligencia como si fuese su aureola de santa. Debió aprenderlo en el convento.

Evidentemente fue idea suya.

Yo estaba terminado el último curso. Dos asignaturas pendientes y fuera.

María había acabado en su momento, estudiaba un master horrible  pero que le permitiría ser doctora en algún momento. Quería ser profesora universitaria, impartiendo cine, literatura o algo de eso.

Nos conocimos en el grado de humanidades. Las dos veíamos la carrera como una forma de escapar del monstruo de la utilidad, no ser un instrumento para un fin rentable.

Nunca pensamos que estudiar mitología o al Marqués de Bradomín tuviera este tipo de salidas profesionales. Aunque igual fueron los libros sobre la revolución francesa los que nos contagiaron el gusto por las decapitaciones.

Olympe quería la igualdad de derechos. El único que consiguió fue el de subir al cadalso. Nosotras la vengábamos. Habíamos obtenido el derecho de ser verdugos.

O al menos así nos sentíamos. Probablemente influyó que  nuestro primer encargo fuese un marido maltratador.

Me acuerdo bien, estábamos nerviosas, ni siquiera teníamos aún el suficiente dinero para comprar armas de verdad. Para rematar, yo me olvide los cuchillos en casa. Siempre ando dejándome cosas y perdiendo todo. Afortunadamente a María le gusta la costura y guardaba unas tijeras en el bolso.

La idea surgió en un bar, entre tercios vacíos. Ya nos habíamos cansado de hablar del chico checo con chica y de sexo. De política y de las manías hipocondríacas de nuestra amiga. Tocaba el turno a las quejas. Principalmente quejas de la rutina.

Rutina.

Rutina incluso en las conversaciones de bar.

En este caso se trataba de una rutina laboral. Yo llevaba mi primer trabajo como si fuese una condena perpetua. En esta o en otra prisión prostituiría mi tiempo de forma socialmente aceptada.

Unos chupitos después llegamos a la conclusión de que matar a un ser humano no es tan diferente que matar el tiempo. Esto último lo hacemos de manera constante y es lo más preciado que tenemos. Cuando acaba, tú acabas.

La única diferencia entre nosotros y los hombres grises de Momo es la percepción, lo vemos de forma menos clara. En ocasiones también cambia la intención. Personalmente prefiero poco y de calidad que la abundancia sin objetivo. No me refiero a esa estupidez de vive deprisa, muere joven. Quizás para entenderlo hay  que ser de esas personas que se emboban con algún tópico romántico, tipo los pájaros volando. Ver peces cuando la luz  se refleja en la lluvia.  Aunque no suele pasar.

Deben haberse vuelto efervescentes.

Empezar fue asombrosamente fácil. Ese primer encargo apareció como salido de la nada, ni siquiera lo habíamos decidido del todo y ya teníamos una carpeta con sus datos personales. Con el dinero que ganamos compramos un local desde donde planificar todos los asesinatos. Ya de paso lo usamos para abrir una tienda de moda, tener una coartada. María cosía, yo compraba telas horribles que espantaran toda clientela interesada en ropa. Y las dos matábamos.

Jugábamos con nuestro negocio. Vestidos y sangre. Nuestras tijeras rojas, esta arma inicial dio nombre a toda la empresa.

Cada víctima era una nueva historia que inventábamos. Escogíamos gran variedad de personajes y nos divertíamos pensando  en cómo dar un tono poético al asunto. Pintar flores sangrientas en el pecho, amortajar con cinta morada en un campo de lavanda, exponer en algún museo la polla del coleccionista de arte.

Lo  más curioso es que nunca tuvimos problemas con la policía. Supongo que tiene algo que ver el éxito de la tienda. Viendo su actividad y la cara aniñada de las dependientas cualquiera diría que solo se trataba de una tapadera. Aunque esto también fue lo que acabó matando nuestra inicial ilusión. Bueno, con la mía.

El dinero no paraba de entrar. Pero también diversas responsabilidades, ya no se trataba solo de buscar escenarios y escoger métodos letales. Había botones, hilos, contabilidad…

Ganaba lo suficiente para viajar por todo el mundo pero, de nuevo, no tenía el tiempo. Además asesinar era cada vez menos satisfactorio. Me empezaba a fijar demasiado en los ojos de los muertos. Como cuando vas a la pescadería de un mercado cualquiera.

La verdad, casi me alegré cuando en ese último trabajo fueron ellos los que me cortaron la cabeza. Me fui del negocio sin necesidad de dar explicaciones.

Aunque ojalá hubiera sido con unas tijeras. Así lo habría hecho yo. Con tijeras infantiles, esas específicas para manualidades. Y rojas, claro.

Insistiendo, con toda su nostalgia.

Mira que soy egocéntrica.